Aquella Mujer – Cuento – Sylvia Johnson

AQUELLA MUJER

Cuento de Sylvia Love  Johnson

AQUELLA MUJER

Yo era tan solo una niña. Dieciséis años recién cumplidos. En aquel tiempo, en mi juventud, se hablaba mucho de una mujer que hacía años había llegado al pueblo. Vivía  en la casita del Valle blanco. Llamado así por estar cubierto por un frondoso manto de florecillas blancas durante todas las épocas del año. La casa estaba situada al lado de una colina.

“La Sin Nombre”

.

Era una mujer hermosa que rondaba los 40 años de edad. Por lo que se sabía, vivía sola, y no se la veía mucho por el pueblo, sino en el mercado; cada quince días, o una vez al mes. Me resultaba muy extraño el hecho de que cada vez que oía hablar de ella había un brillo casi deslumbrante en la expresión que de quien hablase de la mujer. Decían que era un ser distinto, especial. Todos aquellos que la vieron cara a cara compartían un especie de afán infinito. Una misteriosa alegría. Decían de ella, que con una mirada, la mujer, les regalaba el sol. Que con una sonrisa les concedía una vida más. Decían que sentían que era como si, esa mujer, fuese una fuente inagotable de amor y ternura. Cosas tales, como que aquel que se cruzó con su mirada, jamás la olvidó. Sin embargo no se sabía nada de ella. De donde era, a que se dedicaba, ni su nombre si quiera. Al parecer nunca le había dirigido una palabra a un ser vivo. Al menos, no desde que llegó al pueblo. Fue mi prima Janely, una vez, que llegó a mi casa, salió al jardín, se me acercó al columpio donde me mecía al ritmo del caer de la tarde y dijo:

_ La vi_.

Tan solo me susurró al oído. Pero sus ojos parecían salírseles de la cara como los corchos de dos botellas de espumante a punto de saltar y volar al cielo. Casi, escuché su corazón palpitar, pero no como un corazón, sino como un volcán apunto de hacer erupción.   Por algún motivo por unos segundos sentí ira. Pues yo nunca la había visto. Oí hablar de ella muchas veces. En el mercado, en la playa, en la tienda de la esquina y hasta en casa de mi abuela, cuando se reunían todos los viejos a jugar a las cartas.


_ ¿Está en el pueblo?_ Le pregunté a mi prima.

_No, ya se fue _ Contestó. _ Voy a decirle a Javi que le quiero._  Janely anunció sin más y marchó.  Javier y ella se amaban desde hacía siglos, pero no se atrevían a hablarse el uno al  otro y ni siquiera a mirarse.  Entonces sí, no se si por envidia o por curiosidad, una fuerza más grande que yo me empujó a caminar hacia el Valle Blanco, allí donde esta La Sin Nombre. Caminando hacía  el Valle Blanco, el alma se me llenó de ansia. El corazón se me encogió. Jamás recorrí un camino tan largo de  tan solo diez minutos. Bajé por la colina y allí la vi. Virada hacia el norte y con los brazos alzados al aire. Aún alzad  en pie de espaldas a mi, sentí que me esperaba. Aquella mujer, murmuraba palabras indescifrables. Me quedé paralizada con lo que veían mis ojos y con lo que oían mis oídos. Pero no era yo la única paralizada. Parecía que el mundo entero hubiera pausado para escucharla. Ni pájaros, ni viento, ni insectos. Nada se movía. Sin poder dar un paso para cruzar los cien metros que nos separaban, aguardé.

A pesar de la distancia yo era capaz de escuchar sus murmuro como si me susurrara al oído.  Pudo ser una infinidad o un décimo de segundo. Perdí la noción del tiempo. Aquella mujer se viró hacía mi y en un instante, no se como, estaba cara a cara frente a ella. Aquella mujer, hundió su mirada en mis ojos. De pronto sentí tanto miedo, que aún recordándolo ahora, 70 años después, se me hace un nudo en la garganta, aún hoy recordando ese momento, el corazón se me quiere salir por la boca. Una oleada de sentimientos, que nunca antes conocí, me azotó como si fuesen una furiosa tempestad en el bosque. Mi cuerpo entero se inundo de lágrimas. El alma se me salió. Creí verme flotar en el lago que se formaba lágrima tras lágrima. La mujer tomó mis manos y preguntó:

_¿Quieres ver?_  No conteste.

_ Mira con los ojos del alma. Sonríe con el corazón. Y entonces verás_ Dijo.

Volvió a echar los brazos al cielo y cuando alcé la mirada vi mil destellos de luz parpadeantes que crecían y formaban  figuras luminosas. Escuché una melodía divina o celestial, imposible de describir, definir o interpretar. Por lo menos no con palabras en la lengua que conozco. Pronto distinguí así como un millar de ángeles o seres de luz. Los seres rebosaban de alegría y aplaudían. En seguida se transformaron en uno solo, y ese uno en Luz. Una luz potente que me bañó como si de una cascada de manantial se tratase. Entonces sentí la pura esencia de mi ser. Sentí amor. Sentí un poder, el poder de todo ser en mi.  Sentí como mi esencia, pura e inagotable salía de mi y cubría el mundo entero. Entonces supe que el antes o el después  no importaban.  Supe que mi vida perpetuaría para siempre en ese momento infinito de mi.

 

_

FIN

Colores Invisibles- Cuento

Spirit of Love



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